
Los zanqueros aportan color, alegría y expresión artística a las actividades culturales de la estrategia El Centro Vive en el barrio San Bernardo.
Por Yinna Paola Cárdenas Mogollón
—El parque era muy vivo.
Don Carlos Sánchez no necesitó más de cuatro palabras para resumir la historia de un lugar que ha visto cambiar durante más de seis décadas.
Mientras habla, señala con su mirada distintos rincones del parque principal del barrio San Bernardo. Allí se jugaban los campeonatos de banquitas, que convocaban a cientos de personas. Más allá se instalaban las casetas durante los bazares. En ese árbol, dice, nos subíamos cuando éramos niños. Recuerda el olor a tierra, las canicas rodando por los caminos de polvo, las bicicletas aprendidas entre caídas y las tardes que terminaban únicamente cuando la mamá llamaba desde una ventana.
No habla de un parque perfecto, habla de un parque habitado; y quizá esa diferencia lo explique todo.
Porque basta preguntarle a cualquier habitante antiguo de San Bernardo cómo era el barrio para descubrir que casi todas las respuestas empiezan igual: “¿Se acuerda cuando…?”
Entonces aparecen las escondidas, los cogidos, las novenas, los bazares, los campeonatos, las bandas de música de los colegios y sus emocionantes competencias musicales, los vendedores esperando la salida de los estudiantes, los árboles, las bancas, los primeros amigos, los primeros raspones, los primeros recuerdos…
Es curioso.
Cuando se habla de patrimonio casi siempre pensamos en iglesias, fachadas o edificios antiguos. Pocas veces pensamos en un parque. Mucho menos en los recuerdos que guarda. Sin embargo, allí también habita una parte de la historia de un barrio.
Hace varios años, el pedagogo italiano Francesco Tonucci propuso una idea que sigue teniendo vigencia: una ciudad buena para los niños termina siendo una ciudad buena para todos. No hablaba solamente de construir parques. Hablaba de permitir que los niños jugaran, caminaran por su barrio, hicieran amigos y crecieran apropiándose del espacio público. Porque cuando una ciudad pierde esos lugares de encuentro, no solamente cambia el paisaje; cambia la forma en que una comunidad se relaciona consigo misma.

Una mujer participa en las labores de recuperación y embellecimiento del parque de San Bernardo, mediante la pintura y demarcación de sus espacios.
Quizá por eso la historia de esta jornada no empezó cuando llegaron las brochas, empezó mucho antes.
La mañana del 24 de junio de 2026 apenas comenzaba cuando el parque empezó a llenarse de personas. Brochas, baldes de pintura, escobas, plantas y herramientas ocuparon el lugar donde durante años se han cruzado otras dinámicas que los propios habitantes conocen demasiado bien. Todo hacía parte de una nueva jornada de El Centro Vive, la estrategia de la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte que promueve el cuidado colectivo del centro de Bogotá.
La meta era intervenir fachadas, recuperar zonas verdes, realizar actividades culturales y pedagógicas, y volver a encontrarse alrededor de un espacio público. Pero muy pronto quedó claro que la pintura no sería lo más importante que ocurriría ese día. Mientras unos pintaban y otros sembraban plantas o limpiaban el parque, comenzaron a aparecer las historias.
Algunos vecinos se acercaban con curiosidad, otros observaban desde las ventanas; también estaban quienes decidieron no salir. Varios habitantes cuentan que el miedo sigue siendo parte de la cotidianidad del barrio y que muchas personas prefieren no participar para evitar ser señaladas. Esa realidad no desapareció durante la jornada… Simplemente convivió con ella.
Y quizá por eso lo que ocurrió tuvo un significado distinto. No fue una multitud, no fue una transformación inmediata, fue simplemente, un parque ocupado de otra manera.
Miguel, habitante de calle del sector, sostenía una brocha manchada de pintura, había decidido sumarse como voluntario. Mientras trabajaba sonreía con facilidad. Saludaba a quienes pasaban, conversaba con otros participantes y repetía una idea que parecía sencilla, pero que encerraba el sentido de toda la jornada: estaba feliz de ver gente reunida. Le alegraba imaginar que los niños pudieran volver a jugar allí. Le alegraba ver a sus perros correr entre las personas.
No hablaba del futuro del barrio, hablaba de ese momento, de esa mañana, de esas pocas horas en las que el parque parecía recordar para qué había sido construido, Miguel interrumpió sus días cotidianos.
Muy cerca de él estaba Luciana Torrellas, una mamá que mientras observaba los columpios hablaba de su hija. No mencionó la pintura, tampoco habló de las fachadas; habló de las tardes, de bajar con la bebé, de pasear a los perros, de quedarse un rato más: “ya prácticamente todos los días voy a bajar”, dijo.
Su respuesta parecía pequeña, pero no lo era. Porque recuperar un espacio público también significa eso: que una madre vuelva a sentir que puede permanecer un poco más.
Entre los voluntarios estaba Dave Beltrán. Llegó para registrar la jornada en redes sociales y terminó con una brocha en la mano. Después de conversar con habitantes del sector entendió que muchas veces esperamos que las ciudades cambien gracias a otros, cuando también cambian el día en que alguien decide sembrar una planta, pintar una banca o dedicar una mañana a cuidar un lugar que quizá no hace parte de su barrio, pero sí de su ciudad.
Quizá esa sea la apuesta más profunda de El Centro Vive. No creer que una jornada puede resolver problemas construidos durante años. Sería ingenuo pensarlo. Su apuesta parece otra, crear las condiciones para que, aunque sea por unas horas, una comunidad vuelva a encontrarse alrededor de un lugar que nunca dejó de significar algo para quienes lo recuerdan.
Cuando la tarde empezó a caer, las brochas dejaron de moverse, las herramientas regresaron a las camionetas, los voluntarios comenzaron a despedirse, poco a poco el parque recuperó su ritmo habitual.
Sería fácil terminar esta historia diciendo que todo cambió. No sería verdad.
Las dinámicas del barrio no desaparecieron. Los desafíos siguen ahí.
El miedo no se resolvió en una mañana, pero tampoco sería justo decir que no pasó nada porque durante varias horas ocurrió algo que muchos habitantes llevaban tiempo sin ver: el parque volvió a llenarse de conversaciones, de vecinos, de niños, de perros corriendo, de personas trabajando juntas y, sobre todo, de recuerdos.
Don Carlos recordó el parque donde creció. Miguel imaginó el parque que quisiera volver a ver. Luciana empezó a pensar en los recuerdos que algún día construirá allí su hija.
Quizá eso fue lo que realmente se intervino ese día, no solamente las fachadas sino también la posibilidad de volver a imaginar el parque de otra manera, porque las ciudades no cambian únicamente cuando se inauguran grandes obras también cambian cuando una comunidad encuentra una razón para volver a habitar un lugar que creía perdido.
Y entonces vuelve la voz de Don Carlos: El parque era muy vivo.
Esta vez la frase ya no habla solamente del pasado, también habla de una posibilidad.
Porque, al final…
¿Cuántas veces necesita una ciudad volver a prestarle un parque a la infancia para recordar que siempre debió ser suyo?
