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Monserrate: Cerro estratégico del pasado, veneración y fe religiosa

por EL BALUARTE

Cuenta la historia que don Gonzalo Jiménez de Quesada fundador de Bogotá, al asomar con sus soldados por los cerros orientales y divisar la gran explanada que hoy se llama la Sabana, la comparó con el Valle de los Alcázares en España.

Desde entonces los Cerros Monserrate y Guadalupe son los guardianes tutelares de la heredad histórica. En el primero se venera la imagen del Señor Caído y en el segundo existe el templo de nuestra Señora de Guadalupe, con su gigantesca efigie y brazos abiertos contemplando la ciudad y protegiéndola. Los dos cerros fueron considerados por los españoles que poblaron estas tierras, estratégicos, para la protección de la recién fundada ciudad de los vientos del oriente y luego, de posibles ataques indígenas u otras fuerzas enemigas.

Instalaron en los altos promontorios cruces en señal de religiosidad. En 1620 don Pedro Valenzuela en honor a la Virgen Morena de Monserrat España, propuso a don Juan de Borja, el presidente de esos años la construcción de una ermita en el cerro, que más tarde llevaría este nombre.

La fe de entusiastas feligreses ayudaron a la construcción  de la iglesia

La empresa, cuenta la historia, parecía imposible, por la carencia de recursos económicos y lo escarpado del terreno. Pero la fe y la constancia en este empeño dieron resultados. Valenzuela y Juan de Borja recurrieron al padre Benardino Rojas, sacerdote muy rico de la época, quien no se negó a tan noble causa. Ayudó a la construcción del convento y don Pedro Valenzuela en el levantamiento del templo con la colaboración de entusiastas feligreses. Los materiales fueron subidos a pie por las pendientes lomas; de paso, construyeron ermitas talladas en piedra en los recodos del camino, donde se sentaban a descansar los transportadores de piedra, cal, argamasa y otros elementos de albañilería. De esas largas jornadas de trabajo, se conservan en buenas condiciones dos ermitas recordatorias de la hazaña.

Terminada la capilla para la Virgen Morena de Monserrat, llegaron al cerro los monjes recoletos de San Agustín, pero a la postre y por un litigio civil fueron remplazados en esta custodia por los Padres Candelarios. Años más tarde el Gabinete de Madrid ordenó demoler esas construcciones por no tener licencia de funcionamiento; el gobierno colonial lo consideró innecesario por su amplitud y comodidad.

Así las cosas, se continuó por algunos años con la devoción a la Virgen y los registros de su desaparición, se pierden en la noche de la historia. Lo que se sabe es que en el Siglo XVII fue remplazada la imagen por la cuasi yacente del Señor Caído de Monserrate. La reliquia es obra del escultor santafereño Pedro de Lugo.

Lo que se dice por tradición, es que el Señor Caído llegó al cerro por equivocación y las autoridades eclesiásticas de esos años ordenaron bajarlo.

Los realistas fueron obligados a huir tras el ataque de los soldados y campesinos criollos al mando de Simón Bolívar.

Cuentan los pocos santafereños por tradición oral que cuando los cargueros trataron de bajar del Cerro la reliquia, ésta, misteriosamente, aumentó de peso y fue imposible para esos fornidos hombres cumplir el cometido. Decidieron subirla a su sitio en lo alto de la cima y la efigie religiosa aligeró su peso. “Parecía que subía sola” según contaban los creyentes.

Otra anécdota religiosa sobre el Señor Caído la refieren muchos testigos. Una “Magdalena” colonial cuyo nombre se ignora, quiso besar los pies del Nazareno y la efigie encogió una pierna  “huyendo del pecado”. Así quedó y así lo observan los miles de peregrinos que se dan cita en festividades religiosas o los fines de semana.

El cerro de Monserrate ha sido en el transcurso de la historia de Bogotá escenario de valentía y leyendas de tesoros.

Después de la Batalla de Boyacá que selló por siempre la independencia americana, el Libertador Simón Bolívar creyó llegada la hora del merecido descanso del guerrero. No fue así: un grupo de campesinos patriotas avisó al héroe de la presencia de soldados realistas en el Cerro de Monserrate, dispuestos a atacar a los vencedores del poder español; otra habría sido la suerte de don Simón de no ser por el oportuno aviso de labriegos sabaneros. Los realistas fueron obligados a huir tras el ataque de los soldados y campesinos criollos.

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