Por Camilo Gutiérrez Jaramillo

En ese ángulo nor-occidental del actual parque de Santander (calle dieciséis con carrera séptima) circula diariamente una nutrida afluencia de público. Es como un nodo que resulta de los varios sitios de interés que giran alrededor de esa histórica esquina, desde la cual se observa la Torre del Edificio de Avianca, la Iglesia de la “Orden Tercera Seglar de los Franciscanos” ,la Iglesia de la Veracruz, la Iglesia deSan Francisco, el moderno edificio del Banco de la República, el inmueble donde se ubicaba el Jockey Club, que otrora habitó Nariño, y el Museo del Oro. Un punto cargado con la historia de nuestra ciudad de Bogotá. Pues bien, en ese punto se extraña una construcción alrededor de la cual surgieron los inmuebles citados. Se trata de la ermita del “Humilladero” demolida en la segunda mitad del siglo diecinueve para abrirle paso a la plaza en la cual se honra la memoria del General Francisco de Paula Santander cuya estatua se inauguró en 1878.
Los españoles que llegaron con Jiménez de Quesada, evocaron la vieja costumbre castellana de construir capillas a la entrada de los pueblos provistas de vistosas cruces para indicar y recordar a caminantes y peregrinos que se encontraban en “Tierra Cristiana”. De modo que surtida la fundación de Santafé de Bogotá en 1538, muy tempranamente en 1544 se inauguró, con la venia del Cabildo, un pequeña capilla, la primera construcción provista de teja de barro y que quedó bajo la custodia de la cofradía de la Veracruz, que los santafereños conocieron como el “Humilladero”. De suerte que en los tiempos de la colonia y en la República, resultó un sitio emblemático de la ciudad, que originalmente estaba en las afueras de Santafé y que luego fue abrazado por la ciudad en su dinámica de expansión, en cuya lógica este inmueble ya vetusto, y amenazando ruina, quedó en el lugar equivocado a mediados del siglo diecinueve.
Ello por cuanto a su alrededor operaba un mercado agrícola, el de las hierbas poco apropiado para un lugar de culto, que en sus últimos días fue destinado a fines mas profanos, una inspección de policía. Al llegar los franciscanos en 1557 la plaza tomó la advocación del santo Francisco, pero en los tiempos de la República le fue oficialmente modificado el nombre por el de otro Francisco, más telúrico ciertamente, el General Santander. En efecto, en la primera mitad del siglo diecinueve al frente del “Humilladero”, hacia el norte en donde hoy se encuentra la Torre de Avianca existía una amplia casa de habitación que fue la ultima residencia de Santander en la cual falleció, y de allí el homenaje a su nombre que el estado le rindió construyendo la plaza con su célebre estatua.

Años después, vientos de modernidad dieron cuenta de la casa de Santander y allí se inauguró en 1921 el entonces moderno hotel l “Regina”, de propiedad de la familia Valenzuela Suárez, según relata el historiador José Asunción Suárez, sitio en el cual en 1969 se inauguró la Torre actual. De no haber sido demolida la casa de Santander seguramente hoy habría un museo allí. Me detengo en lo allí ocurrido en los últimos días de Santander, fallecido a muy temprana edad a las seis y media de la tarde del día 6 de mayo de 1840.
Eran tiempos difíciles pues la entonces República de la Nueva Granada que se encontraba inmersa en la absurda guerra civil recordada como de “Los Supremos”. El Presidente era un singular colombiano Don José Ignacio de Márquez, rival de Santander en lo político y en otros temas más delicados. En sus últimos días luego de tensos debates políticos en el Congreso frente a sus adversarios políticos, sus males se agravaron y tuvo que permanecer en su domicilio. El arzobispo Manuel José Mosquera, lo acompaño en su agonía junto con sus amigos más próximos, y los más avezados facultativos. Una agonía llena de sufrimientos. Un voluminoso cálculo alojado en su vesícula biliar, dio cuenta de su vida. Esta piedra le fue extraída por quienes hicieron su autopsia y hoy se encuentra exhibida en el museo de la Academia Colombiana de Medicina. Sus honras fúnebres en la Catedral convocaron una gran cantidad de colombianos que se acercaron respetuosos a acompañar sus restos al Cementerio Central en una pausada y solemne procesión.
Desparecido Santander, la historia se ha encargado de evocar con detalle su obra y su vida fecunda, como intelectual, como militar y como gobernante. El estudio de su vida sigue siendo objeto de estudio en nuestra historiografía. El tiempo siguió su curso y episodios mas trágicos ocurrieron en ese mismo predio. Ya operando la actual torre de Avianca, en agosto de 1973, un incendio que se inició en el piso 14, abrazó por completo los pisos superiores, una gran tragedia que visualizaron los bogotanos desde diferentes puntos en vista de la altura del rascacielos. Gracias a un audaz operativo de helicópteros lograron rescatar en la terraza del edificio las numerosas víctimas que allí llegaron para ser transportadas a la plaza de Bolívar. De modo que de la pequeña ermita del “Humilladero” pasamos a la torre incendiada que luego fue restaurada y allí permanece en ese lugar lleno de historia.
