
En una nueva entrega de nuestras entrevistas territoriales, nos sentamos a conversar con ‘Yaga’, figura clave entre los creadores del festival de Hip Hop de La Candelaria. Es un gestor que, desde el año 89 y siendo apenas un niño, se volcó a las «andanzas musicales» para transformar la realidad de la localidad. Esta es su historia, narrada desde la memoria viva del barrio Egipto.
Todo inició con la curiosidad propia de un niño de 9 años. Yaga tiene muy claro cómo la estética del Hip Hop aterrizó en el centro de Bogotá y en el barrio Belén a través de maletas: «varios colegas viajaban y cuando regresaban a Colombia, aparte de traer tenis, gorras y mallas —cosas que por acá no se veían—, trajeron un sonido musical, una estética y unos movimientos que por aquí todavía no conocíamos», cuenta.
Ese interés se terminó de sellar en el desaparecido Teatro Embajador a finales de los ochenta: «Proyectaron una película de Breaking y ahí tuve la oportunidad de conocer los elementos del Hip Hop. Comenzó esa fascinación en medio de un barrio complejo como Egipto en esa época, que ha cambiado bastante». Yaga relata que los primeros pasos fueron con el breaking (Vieja escuela) para luego saltar al graffiti, que en aquel entonces era puramente empírico: «no como hoy día que es muralismo, era un hit a lo que uno veía en Norteamérica… los murales de La Concordia y Egipto eran los lugares icónicos».
«Procesos similares se han documentado en otros puntos del centro histórico. Para entender mejor esta evolución, puede consultar este relato sobre la historia del Parque Santander, un espacio que refleja los cambios urbanos de Bogotá.»
La batalla por la tarima: «Nos bajaban las luces y nos quitaban los retornos»

Una de las luchas más tenaces fue ganarse el respeto en la tradicional Fiesta de Reyes Magos y Epifanía.
Yaga recuerda con una mezcla de nostalgia e indignación las jornadas persiguiendo al párroco: «Estábamos muy jóvenes detrás del párroco diciéndole: ‘déjenos subir, somos del barrio, somos artistas del barrio’. Y ellos decían que no, que eso lo traía Bavaria y solo se subían grandes artistas».
Finalmente conquistaron el espacio, aunque en condiciones muy precarias: «Nos daban el peor micrófono, nos quitaban los retornos, nos bajaban las luces… era como un saboteo, no era un reconocimiento digno. Todo era gratuito, no recibíamos un peso, pero ahí nos fuimos ganando esa tarima poco a poco; todo lo anterior aconteció en los años 90». Hoy, gracias a esa incidencia de los artistas del barrio Egipto —documentada incluso por una investigación del Instituto Distrital de Patrimonio (IDPC) — y a su persistencia, la convocatoria hoy, cuenta con 15 artistas locales, lo que es un verdadero orgullo para el barrio.
La labor de Yaga no se limitó a la rima. Hace 14 años fundó la Mesa Local de Hip Hop con el objetivo de frenar los «rayes» y la competición insana entre los mismos artistas. De ese proceso surgió el festival local, el punto local y una iniciativa que cambió las reglas del juego: un estudio de grabación público.
«La alcaldesa local de la época reconoció que había artistas y nos sentamos a hablar. Le dijimos que necesitábamos un estudio público porque grabar es costoso, son 200 o 300 mil pesos por canción. Ese estudio permitió que el artista materialice su producto y entre a la industria. Hoy todavía hay gente de esa época que va a la Casa Cipa a grabar rock, reggae y música colombiana en ese espacio que gestionamos», afirma con seguridad.
El arte como escudo ante las pandillas

El arte superó a las pandillas. La música les dio vida.
El punto más profundo de su relato es, quizás, cómo el rap se convirtió en un vehículo de paz efectiva. Yaga recuerda que en Egipto «el artista no se veía»; las opciones eran ser obrero, lustrabotas o tendero. «Yo fui afortunado en el primer tratado de paz que se hizo en el barrio Egipto con las bandas de La Novena, La Callesima y el parejo también estuvo ahí».
Él y su grupo fueron los únicos artistas presentes en aquel momento histórico: «Tuvimos la fortuna de tocar donde se paraban las pandillas a hacer una toma de rap. Era una oportunidad de escapar de lo que el chico tradicional del barrio tenía, que era pasar por la pandilla. Era mejor estar en un grupo de rap con 10 amigos —que era nuestra pandilla musical— que estar en una pandilla de violencia».
Incluso trae a la memoria las viejotecas de los noventa organizadas por las mismas bandas: «El único grupo de rap que invitaban éramos nosotros. Había gente con armas de fuego, pero en el momento de la cultura se respetaba esa convivencia. El arte sensibiliza y llega a públicos que ni se imaginan».
Al día de hoy, Yaga contempla su territorio con una enorme satisfacción. Celebra ver el turismo, los graffitis y el hecho de que la comunidad viva con una tranquilidad impensable hace 20 o 30 años. Actualmente, lidera el medio de comunicación alternativo «Z-17 Hip Hop Cultura» (en Instagram y Facebook), donde fusiona lo académico con lo artístico.
El fin de semana pasado Yaga con la Mesa de Hip Hop realizaron el séptimo Festival de Hip Hop de La Candelaria, donde hubo recorridos de memoria histórica, conversatorios con procesos nacionales, tuvieron invitados de Boyacá y Antioquia, estuvo la agrupación La Akdemia como invitada de honor.
Yaga se ha convertido en un referente en La Candelaria, Bogotá y el país. La Cultura crea un mejor futuro para todos.
